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Home > Rastros del barroco en la experiencia del mestizaje

El origen del término “barroco” es un tanto confuso; se dice que proviene del portugués barroco o barrueco utilizado para designar una perla de forma irregular, aunque también podría derivar del vocablo italiano barocco o en francés baroque que refiere a todo lo que era considerado como bárbaro, extravagante e, incluso, mal hecho (Carrillo Azpeitia, 1982: 22-23). Es posible identificar tres vertientes de calificativos derivadas de estos tres vocablos que nos ayuden a comprender mejor las diferentes acepciones de significado: proveniente de berrueco se refiere también a lo falso, ornamental, sensualista, superficial, teatral, efectista e inmediatista; b) con baroque se refiere a lo bizarre, extravagante, artificial, caprichoso rebuscado, retorcido, exagerado, amanerado…; c) en su tercer origen se refiere a lo ceremonial, prescriptivo, esotérico, tendencioso, formalista, sobrecargado y asfixiante (Echeverría, 1994: 22-23). Así, el primer conjunto de adjetivos subraya su lado improductivo o irresponsable respecto de la función del arte; el segundo, su aspecto trasgresor o de-formador respecto de una forma clásica; y el tercero, su tendencia represora de la libertad creativa (Íbid: 23). En consecuencia, estos tres conjuntos semánticos tienen una intención peyorativa para referirse al barroco.

Por ejemplo, en el siglo XVII en la Nueva España prevalecía una intención peyorativa en el uso del término barroco para referirse a las singularidades del folcklor indígena cuando se buscaba señalar su carácter de irrealistas o mágicas, relegándolas al no-mundo de la pre-modernidad. Además, como dice Bolívar Echeverría (1994), el mestizaje de las formas culturales en América como estrategia de supervivencia frente a la muerte representa la resistencia y persistencia indígena en su peculiar modo de simbolización de lo real y de constitución del mundo de la vida frente a la dominación española: una negativa frente a la voluntad del dominador que busca otro camino, uno indirecto, rebuscado, osado, impuro, exagerado… que sea integrado incluso como contravalor.

[…] la estrategia del mestizaje cultural propia de la tradición iberoamericana es una estrategia barroca, que coinciden perfectamente con el comportamiento característico de ethos barroco de la modernidad europea y con la actitud barroca del postrenacentismo frente a los cánones clásicos del arte occidental. La expresión del “no”, de la negación o contraposición a la voluntad del otro, debe seguir un camino rebuscado; tiene que construirse de manera indirecta y por exageración. Debe hacerse mediante un juego sutil, con una trama de “síes” tan complicada, que sea capaz de sobredeterminar la significación afirmativa hasta el extremo de invertirle el sentido, de convertirla en una negación. Para decir “no” en un mundo que excluye esta significación es necesario trabajar sobre su orden valorativo: sacudirlo, cuestionarlo, despertarle sus fundamentos, exigirle que de más de sí mismo, que se traslade a un nivel superior a fin de que puede integrar incluso lo que para él son contra-valores. (Echeverría, 1994: 36)

Un visible ejemplo de esto son las manifestaciones arquitectónicas religiosas donde lo barroco tenía la finalidad de atraer, emocionar, convencer y conquistar almas, pues, la religión católica buscaba arraigarse; de ahí que las bóvedas se cubrieran de santos, ángeles, arcángeles y serafines, y las combas se llenaran de luz y colores, produciendo experiencias místicas por los efectos de perspectiva de dichos artificios de construcción (Carrillo Azpeitia, 1982: 24-26; 61-62); además, las fachadas y los retablos de las iglesias se convirtirían en permanentes recordatorios de la necesidad de reconciliar el alma con su creador, conviertiéndose así en recintos destinados a la predicación y a la oración colectiva. Pero todo esto, incorporando y mezclando elementos de la cultura indígena a través de la mano de obra de los artesanos indígenas encargados de llevar a cabo estos trabajos y constituyendo ese barroco novohispano tan admirado.

La arquitectura se desdobla, se hace fluida, incorpórea. Se multiplican los frontones y se hacen concéntricos o superpuestos. Hasta entonces el arte se había ceñido al equilibrio, a las compensaciones y a la moderación; el barroco rompe con esa tradición, no teme la independencia, la desarmonía y el desquilibrio, porque es una poderosa fuerza desatada, reñida con la inmovilidad. […] La razón cede lugar a la emoción y desde las fachadas, los retablos, los pulpitos, los altares, los ábsides y las bóvedas, los vuelos angélicos, la imagen de las almas que ganan la gloria, la expresión de la misericordia divina, contrastan rudamente con la muerte definitiva, la disolución y la nada que esperan al réprobo. La vida eterna en medio de la alegría y de la luz o la sombra eterna: juego dialéctico manejado con suprema eficacia. (Carrillo Azpeitia, 1982: 27)

Por lo tanto, el barroco encarna el movimiento y lo curvilíneo; en sus diferentes manifestaciones artísticas incorpora la preocupación del hombre por la trascendencia: ¿qué somos y hacia dónde vamos, si en la tierra todo es frágil y perecedero?. Por ejemplo, para Calderón de la Barca lo terreno era una simple representación o apariencia, es decir, el “gran teatro del mundo” (Íbid.: 29).

El barroco no se adecúa al pensamiento estético-político dominante (por eso fue calificado negativamente) y pone en movimiento los imaginarios para crear otras temporalidades y espacialidades frente a la dominación a través de una multiplicidad de actores, de formas y movimientos en los que se especifica y pariculariza al sujeto según sus modos de ser y de hacer. Existe una teatralidad que le es esencial y que representa la doble necesidad que éste tiene de poner a prueba la validez del cánones clásicos ¾en cuanto principios generadores de formas y no sólo como conjuntos de reglas estilísticas¾ y al mismo tiempo revitalizarlos.

Es decir, según Bolívar Echeverría (1994: 24-25), se trata de un proceso de reverberación en la técnica de la ornamentación barroca que somete las formas, acosándolas con insistencia desde todos los ángulos imaginables y retrotrayendo el cánon clásico al momento dramático de su gestación, culminando así con una puesta en escena capaz de redramatizarlas. Esto con la intención/voluntad de que frente al desencanto que le produce el cánon clásico por sus insuficiencias frente a la sustancia vital, apuesta por este esfuerzo trágico donde pareciera como insuperable tal desencantamiento, a la posibilidad de que dicha retroacción de ésta sobre él sea la que restaure su vigencia, y así, lo antiguo se reencuentre en lo moderno.

Desde esta perspectiva, quizá a partir de estos rastros del barroco relacionados con la experiencia del mestizaje podamos pensar en una “experiencia barroca”: 1) como una manera de resistir y persistir frente a las amenazas de muerte y destrucción; 2) como un modo de existir, de ser y de hacer alternativo que adopta formas indirectas y rebuscadas para constituir y defender su propio mundo de la vida, especialmente, a través del arte; 3) como esa capacidad de invertir el sentido y orden del pensamiento dominante obligándolo a retrotraerse en sí mismo y de mantener su fuerza negativa pese a que éste busque incorporarla en él aunque sea como un contravalor.

Claro, hasta el momento me he referido a la resistencia indígena frente a la dominación española pero ¿qué sucede en la actualidad con el sujeto que resiste al capitalismo que lo oprime, individualiza, enajena y convierte en un autómata funcional a un sistema de explotación y destrucción del ser-humano y de todo lo que nos rodea? ¿Será que el arte nuevamente pudiera convertirse en el medio para conectar, expresar y potencializar esa lucha cotidiana del sujeto actual por construir un modo de vida más digno y más humano? ¿Será que la música ¾en especial, la música antigua¾ nos permite percibir aquellos ecos que aún resuenan de una posible experiencia barroca que consciente o inconscientemente buscamos construir?

Las respuestas a tales interrogantes no son fáciles de hallar, pero creo firmemente que ambos momentos históricos ¾el de la conquista española y el del capitalismo voraz actual¾ comparten dos características esenciales: destrucción y muerte. Asimismo, pienso que el arte sí tiene todas las posibilidades de convertirse en el medio para despertar consciencias y encauzar la lucha, siendo la música mi primera propuesta a explorar. Por ejemplo, la música antigua hoy en día es un muy buen ejemplo de resistencia y persistencia frente a la música comercial; ésta última no ofrece la posibilidad de crear un momento musical para conectarnos con el pasado que dio origen a la obra que se esté interpretando, ni lo instaura en el presente… reactualizándolo. No obstante, la música antigua sí ofrece esa experiencia, quizá metafísica, que nace de la vibración del sonido armónico y que hace que vibremos en la misma frecuencia del cosmos, proyectándonos hacia sus profundidades; se trata de una experiencia que implica un entendimiento de que la música está más relacionada con el concepto de creación/transformación que con del sonido puro, simple y generador de emociones fuera de contexto (Hinojosa, 2010).

El Mtro. Carlos Alberto Hinojosa Franco ¾director del grupo orquestal-vocal El Caracol, reconocido cantante mexicano egresado de la Escuela Normal de Música de París y docente de la Facultad de Artes de la BUAP y de la Escuela Superior de Música del INBA¾, nos describe de la siguiente manera la experiencia albergada en un momento musical:

El momento musical es un momento místico, de creación […] implica volver a realizar en el microcosmos, lo mismo que el Dios Creador hizo (y hace, porque la creación es eterna) en el macrocosmos.

Para hacer música es necesario escoger una época adecuada de año, un día preciso, una hora propicia. Un lugar en el interior o en el exterior, la iluminación, los colores, las texturas de los vestidos y del ambiente circundante, los aromas, etcétera. Afinar el instrumento para tañerlo en la escala adecuada a ese momento y a ese lugar, y después de todo eso, el músico debe volverse consciente del primer sonido, del sonido generador, del que rompe el silencio. Y por último hacer la verdadera música, la que muere en el mismo momento en que nace y que nunca vuelve a repetirse igual: la improvisación. […]

El momento musical debe propiciar que el hombre caiga en el carácter melancólico, pues éste permite que su mente se abra a la reflexión trascendental y así recibir la iluminación. (Hinojosa, 2010: 41, 43)

Por lo tanto, me gustaría avanzar en esta exploración inicial de la música antigua como propuesta para repensar la posibilidad de una experiencia barroca en la actualidad, retomando las experiencias que me han compartido los miembros del grupo vocal-orquestal El Caracol en su labor de investigación e interpretación de un amplio repertorio de música antigua ¾tanto europea como latinoamericana¾ para ver cómo dicha música ha trastocado su manera de ser, pensar y actuar no sólo como músicos sino, sobre todo, como seres humanos que han resignificado su sentido crítico de existencia y de su quehacer artístico.

Al respecto, cabe aclarar que cuando me refiero al concepto de experiencia, lo pienso desde la propuesta de Walter Benjamin, es decir, no sólo como la mera acumulación sistemática de vivencias que toman su contenido únicamente de la vida ordinaria (muchas veces sin sentido) sino también desde el espíritu. En otras palabras, experiencia no sólo se trata de una apropiación elaboradora de vivencias sino que además es una actividad con capacidad deconstructiva/destructiva que posibilita la autotransformación como transformación del mundo (Weber, 2014: 491); implica encontrar la presencia del mundo en nosotros y de nosotros en el mundo.

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